Noticias de Gipuzkoa
Fecha de publicación: 23 de octubre de 2006
Me gusta este equipo. Así, limitado, justito, torpe, aburrido, fallón, lento, poco ofensivo, triste, cabizbajo, meditabundo, cansino, previsible y cuantas cosas más se puedan decir en su contra. ¿Por qué somos tan poco amigos de valorar las cosas positivas que hacen los demás? ¿Por qué a este equipo se le niega el pan y la sal? ¿Por qué a este equipo le dan caña desde todos los frentes posibles? ¿Por qué nadie le respeta? Ni siquiera los árbitros.
Este equipo podría desestabilizar a la propia entidad, bajando los brazos y abandonándose a su suerte. ¡Que decidan otros! Y, sin embargo, está dando lecciones de fidelidad inquebrantable. Fortaleza impagable, porque esa comunión con su entrenador tiene mucho más valor que el que se le reconoce.
Este equipo está hecho a base de retales, de inversiones paupérrimas en un mercado de riquezas. Los futbolistas de la Real han sido seleccionados con mimo, atendiendo a muchas razones. La necesidad, como banderín de enganche.
Serán malos, pero tienen un corazón enorme y hoy palpita en torno a su entrenador, José Mari Bakero. Le defienden y creen en él, como las grandes religiones monoteístas a sus dioses. Hace un año se pusieron en sus manos y probaron la receta. Se salvaron. Ahora, también.
Los de antes y los nuevos. Todos, como en Fuenteovejuna. Ayer nos volvimos a quedar con “10”, porque a Gerardo le aplicaron un reglamento particular. Y no es la primera vez. Muchos minutos por delante y los recuerdos cercanos del encuentro ante el Zaragoza. Lección aprendida.
Hubiera sido injusta la derrota ante el Mallorca, porque esa actitud que el equipo tiene no puede perderse como el agua entre los dedos. Es tan extraño encontrarse con vestuarios tan afines a su técnico que, sólo comprobarlo exige respeto. Me gusta este equipo y me gusta su permanente actitud. Les alabo el gusto.
Nota: Se pueden ustedes imaginar que dos meses después de sacar un punto y no sé cuántos más sin dejar la puerta a cero, merecieron anoche un poco de dislate. En una discoteca con ascensor externo, nos timplamos unos chupitos de esto y otros de aquello. Fresco y riquísimos. Por favor, alábenme el gusto.











