Noticias de Gipuzkoa
Fecha de publicación: 22 de abril de 2007

Confieso ante la feligresía que ayer acudí al estadio con inflamación güeveril, es decir con las amígdalas hinchadas, sin que apenas pasara por ellas un hilo de agua y otro de voz, la que necesito para contar las aventuras y desventuras de los nuestros. Creo no haber sido el único. Esperanzados por la victoria en tierras de María Santísima, necesitábamos la confirmación. No con la cachetada de un obispo, sino por la actuación de los nuestros.
Lotinavic se desmelenó y repitió cuadro de actores. Amén. Pregunté al inalámbrico si el míster estaba bien, o se le notaba aquejado de algún mal, porque lo suyo hasta ahora había sido trajín y trajín. Entendiendo que de vez en cuando, la cosa hay que dejarla tranquila y no menearla por vicio, dispuso frente a la colchonería los mismos once cartujanos, con ánimo inicial de no atacar a lo bestia, no fuera a pensar el respetable que la fiebre se tornaba en delirio. Arropaditos, presionando arriba y esperando el momento, bien porque Garrido se volviera a confundir, Leo emulara a Bisbal, o yo que sé.
El jueves me encontré con un consejero tomando café y pinchito a la hora del piscolabis. “¿Tu eres de los que crees que si ganamos el sábado, nos salvamos?”, me preguntó. “Yo voy, como la tradición manda, partido a partido”, respondí. Está el año como para hacer cuentas. Que si ganamos “nos acostamos a tres”, que no es lo mismo que un “menage a trois”, que si pierde el Celta, empata el Iliturgi y se retira el Pozoblanco, a lo mejor hasta hay un kiki ¡Señor, cuánta elucubración!
Y como la única verdad es la de los 90 minutos sobre el tapete verde, ésta empezó a contarse al poco de comenzar. Darko nos abrió el canalillo, el de la garganta, y se metió hasta las cachas en el liderazgo de un partido que pronto ganó adeptos. Los pivotes se pusieron el traje pretoriano y Savio el de general con mando en plaza. Viendo el acontecimiento, todos pronto creyeron que la victoria era posible. La grada, también. Así se empezó a escribir la particular historia. Medina estuvo brillante, como el buen árbitro que es y los realistas supieron leer el partido en cada momento y gestar un triunfo indiscutible. El beaterio se desmelenó entre cánticos y algarabía. Mis guefs volvieron al sitio de partida y mi garganta cató un soberano pelotazo.










