Noticias de Gipuzkoa
Fecha de publicación: 5 de noviembre de 2006
Teníamos ganas de comer un arroz en condiciones, porque hace quince días en Palma de Mallorca nos dieron tal amasijo de granos que, aún hoy, mantengo un considerable atasco en las vías evacuativas. Necesitábamos venganza. Llovía en Valencia, que es algo habitualmente imposible. La playa de La Malvarrosa enseñaba unas olas impropias de su serenidad y el cielo encapotado se diseñaba al fondo tras los cristales de La Pepica, una arrocería que fundó doña Josefa Marqués a finales del S. XIX.
Mientras degustábamos la tradicional paella nos llegaban las noticias de la Junta de Accionistas. A la búlgara. Todo aprobado con porcentajes impensados, ni siquiera por la parte más optimista del Consejo. Ni una palabra más alta que la otra. Los votos de la oposición se quedaron en casa y las palabras, también. Ejercicio indudable de comprensión. Este club nuestro ha estado sometido en los últimos años a un pim, pam, pum de tal magnitud que no soporta un vaivén más.
Miguel Fuentes y su equipo directivo podían intuir que el aliento de los disconformes iba a soplar en sus cogotes. Lo esperaban, sobre todo en el área deportiva. Ha debido haber reuniones. Ha debido haber debate, pero no se han manifestado las consecuencias. O, al menos, sólo las del silencio. En la junta de ayer no pasó nada que no esperaran. El miedo larvado a un zafarrancho desapareció pronto, incluso cuando se supo el apoyo incuestionable de las acciones controladas. Así las cosas, pocas horas, poca crispación y un cheque al portador, para que en el tiempo comprado se acierte a retomar el proyecto deportivo, el de las ácidas críticas de ayer.
Por la noche, nos pusimos las katiuskas y el barro hasta los ojos, como los niños pequeños en sus corrales, cuando cogen sus caquitas y lo embadurnan todo. Disfrutando. Con el panorama diseñado poco se podía esperar. ¡Por lo demás sin novedad, mi coronel, 2-0!











