Noticias de Gipuzkoa
Fecha de publicación: 12 de marzo de 2007

Me cuentan, porque no la he visto, que la Tongolele, una bailarina norteamericana aunque hecha artista en México, tenía un cuerpo que arrebataba. Traía en jaque a todo maromo que se acercara. Movía las caderas como el péndulo de un reloj y su cuerpo, por exuberante, llamaba la atención por donde asomara. Desapercibida, realmente, no pasaba.
Su partida de bautismo respondía al nombre de Yolanda Ivonne Montez Farrington, que redujo a Tongolele. Las danzas tahitianas que interpretaba dejaban a los calvorotas de las primeras filas sin habla. A los de la mitad, haciéndose los ojos chiribitas, en tanto que en la zona de mancos el trajín estomacal de la susodicha, el ven y ven de su abdomen, levantaba y encendía pasiones hasta allí en donde se usan cremalleras.
Ayer, en torno a las siete, me sentí como los espectadores de las primeras filas, de las del medio y de las del final, aunque en esta zona, por razones de edad y templanza, uno no está para dispendios, ni exhibiciones. Ganamos. Por tercera vez en este ejercicio. ¿Cabe mayor alegría que ver a los nuestros felices y sonrientes? Sé perfectamente que no hemos conseguido nada, que no hay motivos mayores para echar campanas al vuelo, pero estamos tan necesitados de grandezas que en cuanto aparecen un par de caderas en movimiento se nos alegra el ojo y se nos disparan los sueños.
La semana había hablado de muertos y entierros. La comparecencia de Lotina tenía menos alegría que un funeral de cuarta. Las palabras y la cara de Darko llamaban a la desolación en medio de la cuaresma. El pueblo respondió a la llamada y llenó Anoeta hasta firmar la mejor entrada de la temporada, pese a que el tesorero no tuviera un euro que contar. Da lo mismo si al final, ves que el uno sonríe, el otro se emociona y todos se dejan la piel en el terreno. Darko, Savio, Prieto, Claudio, Gaizka, todos… que como Tongolele cuando pisaba escena, arrasaba.










