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El antiguo convento de las Úrsulas

Konstantin Igropulo es un jugador de balonmano que a día de hoy defiende la camiseta del Barcelona. Hace un par de semanas estábamos en el Camp Nou siguiendo un poco emocionante Barça-Racing de Santander. Una pareja joven estaba sentada en la fila de adelante. El, vestido con discreción, se tocaba la cabeza con un turbante negro, de tela, recogido atrás como si fuera un moño antiguo. Además lucía unas gafas de pasta negra, sin cristales. Nos llamó la atención por lo raro. Al lado, su novia, sin nada estrafalario y con una bufanda del club sobre sus hombros. En las manos de ambos un juguete, una fantástica máquina de fotos digital que usaron sin tregua. Instantáneas del partido y poses, muchas poses. ¿Saben quién se escondía detrás del personaje?. Fácil respuesta: Konstantin Igropulo.


Llamaba la atención por todo, pero nadie fue capaz de conocer al balonmanista ruso. De esa guisa, totalmente desapercibido, hubiera podido disfrutar, por ejemplo, de la noche salmantina, heladora y animosa. Siguen cotizándose al alza los sitios tradicionales. A tiro de piedra de la Plaza Mayor, en plena calla Bordadores, una antigua nave dibuja una esquina del convento de las Úrsulas. Tras el arco de la entrada está Camelot. Huele a tradición de piedra, hierro, bóveda y alturas. Un púlpito se levanta por encima de la barra, como lugar elegido para la cabina del DJ. En medio, las columnas que rodean la gran sala central y al fondo un escenario para actuaciones. En su día el local fue iglesia, así que, en medio de tal ambiente, el beaterio se siente como en casa. Entonces me acordé de Igropulo. ¡Qué bonito es pasar desapercibido, sin que nadie te conozca!. Puedes subirte al escenario, coger el micrófono, cantar…Algún guipuzcoano se atrevió en medio del huracán de perfumes, gin-tonics y humaredas.

Los seguidores realistas tomaron Salamanca como los revolucionarios franceses La Bastilla. Eran cuarenta mil personas un 14 de julio. Ayer eran casi tres mil y un14 de marzo. Intuían el éxito, un paso al frente en la denodada lucha por ayudar a su equipo a conseguir el preciado botín. En medio de las crisis, de los fríos polares del crudo invierno, decenas de autocares y otros vehículos condujeron tropa hasta las gradas del gélido Helmántico. Sin miedo escénico, ni otros pánicos, los aficionados confiaron plenamente en su equipo, en sus jugadores. Uno de ellos, curtido en muchas batallas, Mikel Labaka,  resumió: "Lo de nuestra afición es increíble".

Faltaba por saber qué iban a ser capaces de ofrecer los realistas a semejante contribución. Martín Lasarte diseñó un equipo tradicional, sin cambios respecto al que ganó al Numancia. Costó jugar bien y mucho más ganar. El empate sin goles pone de manifiesto que el conjunto atrás no ofrece fisuras, pero que no ve portería contraría, desaprovechando ocasiones que hacen más difícil el trayecto. La distancia la recorrieron centenares de seguidores que conocen como los demás que esto es largo y complicado y que las euforias deben guardarse.

Nota.- Que alguien le diga al tenista Nadal que ese conjunto de camiseta y pantalón con el que ahora sale a jugar es de traca. Sin duda, para gente muy valiente.

Iñaki de Mujika