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Un paseo por el Sena (III)

Las obligaciones profesionales de Iker con el balonmano exigían que las salidas por las calles de la vieja Lutetia fueran vespertinas. Hasta que llegó el jueves y pudimos madrugar. No mucho, ya que el termómetro se despachaba con siete grados por debajo de cero y no amanece pronto. Si vives a unos cuantos kilómetros de París, la entrada a la ciudad es un ejercicio de paciencia y habilidad. Da lo mismo si accedes por la Porte de Clignancourt, Pantin, Bagnolet o Vincennes. Siempre te esperará un atasco. Como se va tan despacio, da tiempo de admirar por ejemplo el Stade de France (St.Denis) que ya impresiona desde fuera.


Por aquello de ganar minutos salimos sin desayunar para hacerlo en el centro después de aparcar bajo el Hotel de Ville. Cruzamos el Pont d’Arcole, el mismo que el General Leclerc para llegar hasta el Ayuntamiento de París durante la liberación de la ciudad de la ocupación alemana, pero en dirección contraria camino de Nôtre Dame. Entramos en uno de los pequeños baretos. Hace tal frío que necesitamos un café con leche urgentemente. ¿En taza grande o pequeña?. Iker se decide por la pequeña y yo por la grande, que no es un tazón, sino uno caldero que parece un cáliz sin peana. ¡Que barbaridad!. Menos mal que los croissants eran grandes, que si no aún estoy allí para terminar.

Salimos a la calle reconfortados y dispuestos a hacernos las primeras fotos del día, frente a los arcos góticos de la catedral. Abrigados hasta los ojos, posamos haciendo un poco el gamba hasta que conseguimos convencer a una señora japonesa para que nos fotografíe juntos. El Sena está a nuestros pies y necesito un paseo en barco. Hace sol pero no calienta. Montamos en "batobus". Ocho escalas en el camino que permiten conocer París desde un lugar privilegiado. Nos hinchamos a hacer "click" con la cámara y descendemos en la parada de la Torre Eiffel. Sopla un viento huracanado. Imposible subir a lo más alto. No nos sobra tiempo. Vuelta al parking, pero antes compramos un par de bocadillos en "Aux Tours de Notre Dame". La chica que vende en un chiringuito exterior está aterida de frío. Tirita.

Iker llega a tiempo al entrenamiento después de tomar café juntos y de recoger a su compañero Hatem Hamuda, un tunecino que acaba de incorporarse al grupo en Tremblay. Busco asiento en la grada. El que quiera porque soy el único espectador en el pabellón que sigue la sesión dirigida por Stephane Imbratta.

Como al día siguiente, el equipo juega contra el Istres y esa noche cenarán todos en el apartamento de Iker, no queda otra que hacer la compra. Es algo que celebro. No conozco la cadena "Cora". La superficie es inmensa y hay de todo. Celebro el rato y lo disfruto. El carro se llena a rebosar tratando de que no falte de nada. La cola en las cajas es intolerable. ¡Cuánto tiempo de espera!.

Quiere quedar bien con todos sus compañeros a los que va a ofrecerles una "cena vasca" con chuletas y txistorra de la Carnicería Aranburu de Zumárraga. La enorme duda que me cabe es cómo entraron allí dieciocho pedazo tíos. No hay fotos.

Nuestro último rato en torno a una mesa se produce en un italiano. "La villa di Giovanni". El camarero que nos atiende tiene rasgos árabes. No vocaliza mucho y habla una mezcla de francés con italiano y "por bajines". Compartimos una ensalada Palermo y nos enchufamos sendos escalopines Marsala, con guarnición. Diferenciamos los postres: Brownies y Coupe Caramelita, con cerveza, agua y café. Con el chupito de grappa, detalle de la casa, sólo me atrevo yo.

 

Iñaki de Mujika