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Torrijas y pestiños

La “madrugá” del Viernes Santo comienza su carrera oficial en Campana, céntrica plaza de Sevilla en donde se sitúa una estupenda confitería que atiende por “La Campana”, fundada en 1885, y que va pasando de padres a hijos hasta cumplir unas cuantas generaciones que son referentes para los sevillanos. Está en la misma esquina de la calle Sierpes, en donde giran palios y tronos para seguir el recorrido procesional.

Si te fijas en los escaparates, los ojos empiezan un camino de locura aquí y allá fijándose en todo. Las impresiones no pasan por la cabeza, sino que bajan directamente al estómago para movilizar los jugos gástricos y amenazarte si no traspasas el umbral de la puerta marrón de doble hoja. Da igual la época del año en que puedas visitarla porque cada temporada cuenta con una especialidad.

En Navidad los polvorones forman parte del surtido con mantecados, alfajores, roscos, cortadillos de cidra, primores, turrones y hojaldres. En Semana Santa añaden a la gama las afamadas torrijas y pestiños. He leído recientemente un artículo en el que aseguran vender cuarenta y siete mil torrijas, hechas al modo artesanal. Cada una cuesta dos euros y medio. Son enormes y dulcísimas. La receta es sencilla pero larga en su elaboración: “Empapadas en agua con vino y sal, fritas al día siguiente, pasadas por un jarabe de agua y azúcar y cubiertas con miel“. La clave del éxito se encuentra en el pan de bizcocho que también es obra de ellos.

Los pestiños son algo más baratos y gustan a la clientela. No se venden tantos (ochocientos al día, entre Miércoles de Ceniza y  Lunes de Pascua). Harina de trigo, aceite de oliva, vino oloroso, anís y miel son los componentes de este dulce que aparece también entre los que elaboran las monjas Clarisas del Convento de Santa Inés.

En la acera de La Campana, ante sus vitrinas, se sitúan mesas, veladores, para sentarte, tomar un café y ver pasar a la gente. Casi siempre luce el sol y es una zona transitada. Los desfiles procesionales cobran en este entorno carta de naturaleza. No hay un hueco en los balcones, los palquillos se abarrotan, las aceras se quedan pequeñas ante lo grandioso de los pasos y el séquito de túnicas y capirotes. Suena la música. Por encima de todo, las trompetas. Luego, trombones, tubas, fliscornos, cornetas y platillos.

Pero hay un momento distinto, cuando pasa la Esperanza Macarena y la banda de música hace sonar “Pasan los campanilleros” compuesta por Manuel L. Farfán. Al girar el paso, los varales se mueven al son de un suave redoble y los costaleros ofrecen una chicotá sin que al fondo se oiga sonar una sola campana. Huele a lirio y clavel y a cera de vela encendida.

Ajeno al trajín de idas y venidas, un niño absorto y sin pestañear se está poniendo de miel hasta las entretelas. Devora a pequeños mordiscos una torrija que sus manos apenas alcanzan a dominar. Es muy de noche y no son horas para estar despierto.

 

 

Iñaki de Mujika