Noticias de Gipuzkoa
Fecha de publicación: 18 de diciembre de 2006
Entra dentro de lo probable que allá por septiembre aumente el índice de natalidad en nuestro territorio, más concretamente entre las parejas seguidoras de nuestro equipo. No quiero imaginarme cómo habrá sido esta noche. Después de tantas semanas de “ayuno”, los lechos conyugales han debido recuperar glorias perdidas. Los jergones y muelles se han puesto a prueba con el trajín y quien más, quien menos, ha rematado de chilena entre almohadas, colchas y edredones que rima con aquello hasta donde estábamos.
No es que la cosa haya cambiado demasiado, pero se añoraba tanto la victoria que, al conseguirla, se ha dado rienda suelta a la alegría. Lotina, por ejemplo, sacó a cenar a los suyos por primera vez, porque hasta ahora no tenía cuerpo ni para esto, ni para lo “otro”.
Las parejas estaban hasta el moño. Por ejemplo, llegaba Antton a casa y le decía a Mirentxu: “Miren, ¿hoy qué?”. “Nada”, contestaba la mujer. “Me duele la cabeza”. Así, un domingo de cada dos. Llegaba a casa el marido, preguntaba por si acaso y se encontraba con el candado echado. En los otros dominicales, cuando Antton llegaba, era Mirentxu la que buscaba un puntito de alegría. Cenaban, se metían en el sobre y comenzaban los arrumacos. Al momento, Antton se igraba. Espalda contra espalda, con “morrongilleta” y “mutuberria” girando en la alcoba.
Así semanas y semanas. Meses. Cada finde una nueva oportunidad. “¿Será en éste?”. Tampoco. Hasta que llegó El lindo don Diego. Rivas se decidió a pisar el área contraria para rematar un balón que con su derecha mandó a las redes tarraconenses. Era su primer gol como futbolista de Primera División. El cohetero echó sendos cohetes, de los de explotar, y el resto del beaterio los echó seguro más tarde, sin meter ruido, pero jaleando cosa fina. ¡He escrito jaleando, no jadeando!
Sería hermoso aumentar la producción dentro de un par de días, cuando visitemos Balaídos y tengamos una nueva oportunidad de recuperar el terreno perdido. Me pienso meter entre pecho y espalda las ostras que se me escaparon en el camino. Sé que no hemos hecho nada aún, pero la ocasión no se puede perder. Tantos meses de sequía necesitan un buen plan de regadío. ¿A que me entienden? Pues eso. ¡Y, si no, polvorones, que tampoco están malos!











