Noticias de Gipuzkoa
Fecha de publicación: 7 de enero de 2007
Hubo un tiempo que en un teatro de Madrid, “reinante la censura”, se ofrecían espectáculos mezcla de vodevil, opereta, baile y canto. Algo así como un popurrí por el mismo precio. La sala se llenaba. En las primeras filas, los viejos verdes calvorotas. En las siguientes, matrimonios bien puestos. Ellos, con corbata. Ellas, muy cargadas de abalorios, con cardados monumentales y con un olor a pachulí que destronaba. Las filas últimas eran las “de los mancos” en las que, quien más quien menos se pegaba un arreón en medio de la faena.
El espectáculo más esperado y aplaudido era aquel en el que salían las vedettes. Bien armadas de muslamen. Nada desperdiciables en poderío y con una cierta gracia en el levante de la pierna. Se imaginaba más que se veía. Arrasaban levantando los cancanes. Era la traca final en la que el beaterio se desmelenaba ante la exhibición.
El partido de anoche en Anoeta me recordó bastante el escenario del Colsada. El libreto no era muy entretenido. O más bien, ya habíamos asistido a obras parecidas. La Norma Duval de nuestro equipo atiende por Claudio y nos obsequió con tres paradas de salvaguarda, pero en mitad de la actuación se pegó un resbalón bajando las escaleras que, además de escoñarse, casi nos deja sin número final.
Mikel Aranburu –¿renovará?– llegó desde atrás del escenario. Irrumpió en el tablado cuando a los actores se les había olvidado el papel y no sabían si atacar o defender. Metió morcilla entre el repertorio y mandó una bocanada de aire fresco a las filas en las que olía a chamusquina que apestaba. ¡Qué tres puntos!, en medio del acongoje general del respetable.
Jugar, lo que se dice jugar, ayer jugamos poco. Rematar, lo que se dice rematar, rematamos poco. Disfrutar, lo que se dice disfrutar, disfrutamos poco. Sufrir, lo que se dice sufrir, sufrimos doce carromatos. Ahora, nos llegan nuevos jugadores, nuevos proyectos, diferentes aportaciones. Hemos llegado a trece puntos, que hace no demasiadas semanas parecía una utopía. ¡A qué parece menos difícil salvarse! Ya les decía al principio que “Las chicas del Colsada” no enseñaban nada, pero te lo imaginabas. Pues, eso.











