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¡Al turrón no voy a renunciar!

La noche del sábado al domingo dormí como un lirón. ¡Nueve horas de corrido! Como los niños pequeños. Sin soñar con los angelitos. Tampoco con una victoria en Alicante. ¡Para qué engañarles! Durante la semana se le recordaba a Martín Lasarte que llevamos más de dos décadas sin sacar la mejor tajada de esta ciudad. Ni en La Viña de antaño, ni en el actual Rico Pérez. El míster, empeñado en dar la vuelta a las tendencias, trató por todos los medios de romper con esa tradición maldita y nos envió a todos un mensaje. "Yo sólo pienso en ganar". Le daba igual si eso conllevaba enlazar cuatro partidos y romper con la malévola tradición.

Quería los puntos que significan acercarse al objetivo. No hay más. Los entrenadores están hechos de otra pasta. Saben desde el momento de la firma que el reloj de arena se ha puesto a contar y que cada segundo que pasa se acerca a la salida. Unos lo hacen por la puerta grande, otros fulminados. Lasarte es un técnico querido por algo que parece insulso pero que cada día que pasa lo valoro más: ¡Ser normal! Entrena lo que sabe, se apoya en las bases sólidas de su formación como técnico y dice lo que piensa. Se esmera en motivar individual y colectivamente. Vive con pasión el ejercicio de su trabajo y apuesta por el grupo por encima de las individualidades.

No envía  jamás un discurso dudoso a los futbolistas. Quiere de ellos entrega y sacrificio. Luego, vienen el juego, el remate, la actitud, la solidaridad, la fortaleza… Son virtudes que el comportamiento del equipo debe poner siempre sobre el césped. Sucede a veces que todo eso choca con las fuerzas internas. Esas que circulan por la cabeza de cada jugador en determinados momentos y escenarios. 

Oviedo, Sevilla y Alicante, por ejemplo, eran ciudades que se nos daban siempre fatal. Recuerdo un año en la capital de Asturias, siendo Boronat  entrenador, que fui a la catedral a misa para pedir al cielo un cambio en la tendencia. Encontré también en los bancos al capitán del equipo y al masajista, así como a los padres de un futbolista y otros allegados. Pusimos velas en diez capillas, a cada cristo, santo o virgen que se aparecía. Perdimos por goleada. ¡No he vuelto a la catedral!

Un domingo al mediodía, en el Parque de María Luisa sevillano, paseábamos tomando el sol algunos enviados especiales de la prensa donostiarra. Nos cruzábamos a cada paso con gitanas que nos querían vender ramitas de romero "de la buena suerte". Insistentes, terminaron por convencernos. Cuatro periodistas, cuatro ramitas, cuatro euros y derrota sin paliativos en el Benito Villamarín, con escándalo arbitral incluido. ¡Que le den por saco al romero!

Se preguntarán ustedes qué hice el sábado por la noche en Alicante. Cenar con un jugador del Hércules que ayer estaba en el acta de Undiano. Disfruté como un faraón. Solo les diré el postre para no provocar. El futbolista pidió piña y su excelencia reverendísima se enchufó un helado de turrón de mil pares. Aquí sigue siendo verano y te entra un heladito estupendamente. Por la mañana, ayer domingo, entré en una afamada pastelería y compré turrón del duro, del blando, de almendra, mazapanes, guirlaches, pastelitos de gloria… para que los disgustos, endulzados, sean menores. Por supuesto, ¡al turrón no voy a renunciar, aunque te metan un carro, o aunque como ayer te remonten un 0-1 y te dejen con una cara de pan terrible, boquiabierto!. Qué oportunidad de romper el gafe.

Apunte final: Manolo Preciado caerá bien o mal a la gente del fútbol. Ningún jugador de cuantos conozco que haya estado a sus órdenes me ha hablado mal de él. Su vida ha tenido palos muy duros. Su esposa falleció tras una larga enfermedad y poco después su hijo de quince años en accidente de tráfico. El cántabro se ha hecho duro y a sí mismo desde la militancia en los banquillos. Por eso, cuando ha sido capaz de llamar "canalla" a un colega de profesión es porque se sintió herido en sus convicciones y necesitaba defender a su grupo.

Iñaki de Mujika