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Entre lo sosaina y la sosería, sositos

Las guardias nocturnas en una de las garitas de Camposoto (Cádiz) eran bastante sosas, por no decir muy sosas. Nunca pasaba nada. La madrugada animaba más a dormirte en la garita que a mantenerte de pie, con los ojos abiertos, de plantón a la luz de la luna. Al fondo, el suave oleaje atlántico, una ligera brisa, el croar de las ranas y el canto de los miles de grillos que por allí pululaban. Hablo de hace cuatro décadas, cuando no existían las pateras, ni ningún otro elemento que pudiera sorprender de repente.


Bueno, sí. Había un teniente que se entretenía en sorprender a los guripas dormidos cuando debían estar alerta ante la posible llegada del enemigo. Acompañado por dos o tres soldados de retén se acercaba sigilosamente al puesto, controlaba la situación y como el soldado coqueteara en ese momento con Morfeo se le caía el pelo y terminaba en el calabozo. Desde el primer día se empeñaban en que aprendiéramos las normas del centinela: "Ver sin ser visto, oír sin ser oído y comunicar al mando".

Hasta que llegó un día en el que se supo que el referido teniente estaba de guardia. Un avispado recluta pensó para sí: "Te vas a enterar". Llegada la noche, aguantó como pudo despierto y en pie, escondido tras la pequeña torreta de vigilancia. La comitiva se acercó lenta y sin alboroto, pero fue vista. El soldado forzó una pequeña emboscada y les sorprendió por su espalda. "Alto. A tierra o disparo". La oscuridad no ayudaba a distinguir. El oficial y sus acompañantes dieron de bruces con sus cuerpos en el suelo mordiendo el seco polvo. Una vez que los tenía a sus pies, preguntó "Santo y seña". A la respuesta coincidente con la clave del día, permitió que se levantaran. El teniente le felicitó por el cumplimiento de sus obligaciones y no apareció más.

El partido de Anoeta me recordó (tal vez por el calor) aquellos meses en el CIR 16. Todos los días eran iguales. Creo que fue Javier Clemente quien descubrió que cuando la Real organizaba festejos y zambras antes de un partido le iba bien. Esta vez los días previos al derby han sido algo así como un grupo de niños en procesión entonando un "Lauda Jerusalem" o el "Vamos cantando al Señor", canciones religiosas de éxito que perduran en el tiempo.  Como no pasó nada relevante y todos hablaron de flores y pájaros, el Athletic salió al terreno con más ganas que el comer y poniendo el balón en un poste para que nos enteráramos.

Los que se dieron cuenta fueron ellos, porque los realistas nos ofrecieron un primer tiempo para preocupar sin dar señales de casi nada y siendo dominados por un rival que aprovechó a Llorente para poner nerviosa a la parroquia y aumentar las muchas incertidumbres que se ciernen sobre la fiabilidad del equipo. Por agarrarnos a un clavo ardiendo pensamos que el partido europeo de los rojiblancos podía hacer mella tras el descanso. Y como quiera que los nuestros aceleraron un poco el paso y pusieron balones en el lado de Iraizoz, recuperamos las sensaciones perdidas.

El empate de Iñigo Martínez nos debió dar más bríos, porque al tanto igualador se sumó la lesión del importante Javi Martínez. Ahí coincidieron esas cosas con un remate al palo y un paradón del meta visitante que evitó el 2-1. Bielsa recondujo situación y peonadas  antes de perder el botín. Paulatinamente el partido volvió al punto en que no queríamos. Control y dominio vizcaíno con la cañita pescadora de Llorente que volvió a cazar un balón para la victoria.

Hasta aquí, porque los cambios llegaron tarde y porque el rival fue más y mejor. En aquellas noches militares comentadas del principio también se organizaban las llamadas cazas de gamusinos. Eran para no aburrirnos. Cuando las cosas se hacían tediosas era necesario no dejarse llevar por la corriente y reaccionar ante la posibilidad de sucumbir. Ayer la Real cayó como no le gusta al beaterio. Sin transmitir ni furia, ni pasión, ni garra. Vamos, lo nuestro de siempre. Vivimos entre lo sosaina y la sosería. ¡Sositos!.

Iñaki de Mujika