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Falta humildad por arrobas

Imaginaba a los azulgranas, deportistas y seguidores, anoche al comprobar cómo su directo rival, el Real Madrid, caía eliminado con estrépito en el Bernabeu, ante el Olynpique de Lyon, tácticamente ejemplar. Los franceses ganaron en la ida (1-0) y empataron en el escenario de los miedos escénicos. En efecto, asusta ver a gente tan cara, cuyo proyecto de este año se desvanece. Primero, Alcorcón, ahora Lyon. Sólo falta el Barça. 

El cuadro galo no dio una en la primera parte. A los seis minutos perdía 1-0. Ronaldo metió un balón bajo las piernas de Lloris. Quedaba un mundo para lo bueno y lo malo. Desde entonces el Madrid dominó sin tregua, con pasillos y diagonales. Guti se echó el equipo encima y marcó los tiempos del asedio. Sin embargo, el individualismo, la precipitación y la obsesión de entrar por el centro abortaron las ocasiones.

El descanso demostró lo que un entrenador es y significa para un equipo. Claude Puel entendió que sus jugadores se morían si lo dejaba todo en manos del esfuerzo.  Quitó a Makoun y Boumsong, perdidos, dando entrada a Gonalons y a Kallstrom. Bajó a Toulalan a la posición de central, para arrancar desde atrás con el balón controlado y elaborar un fútbol con más llegada. Dicho y hecho. Al cuadro de Pellegrini se le fundieron los plomos y el Olympique resurgió como el Ave Fénix.

El miedo escénico se apoderó de los locales, contra todo lo previsible, deambulando de aquí para allá, sin criterio razonable de juego. Le faltó claramente la templanza del ausente Xabi Alonso, el hombre que lee los partidos y pone en marcha la correa de distribución, El equilibrio no exisitió, el equipo empezó a romperse y Casillas pasó del naranja de su jersey al rojo de su rostro. Pjanic empató y las opciones se acabaron allí. Ni épica, ni heroica, ni nada.

¿Y ahora qué?. Desde la victoria frente al Sevilla, se ha creado un ambiente muy poco atrayente. El desprecio mediático a los rivales (inmediato Lyon y permanente Barça) ha rozado lo histriónico. El equipo, como tal, no funciona y las individualidades están demasiado pendientes de sus mundos personales. Falta humildad por arrobas.

La Champions era un objetivo razonable que desaparece en el primer cuerpo a cuerpo de la competición. Incapaces de superar al cuarto clasificado de la liga francesa, los madridistas ven perdidas muchas de sus ilusiones, porque la final se jugará en su campo y era una oportunidad pintiparada de recuperar prestigio. El harakiri llegará si uno de los contendientes es su rival por antonomasia, el Barça de Messi y la cantera. ¡Qué diferentes propuestas!.

Iñaki de Mujika